El 4 de junio de 1946, Juan Domingo Perón asumió por primera vez la Presidencia de la Nación y abrió una etapa que transformó la relación entre el Estado, los trabajadores y los sectores populares. A 80 años del peronismo, aquella agenda fundada en derechos laborales, inclusión social y soberanía económica vuelve a dialogar con los debates del presente.
El punto de partida de ese proceso había quedado marcado meses antes, el 17 de octubre de 1945, cuando Perón habló desde el balcón de la Casa Rosada luego de su liberación y eligió dirigirse directamente a los trabajadores. En ese discurso, definió aquel movimiento colectivo como “el renacimiento de una conciencia de los trabajadores” y pidió sostener una unidad que consideraba indispensable para defender la felicidad del pueblo.
El trabajo como identidad política
La centralidad del trabajo aparece como uno de los puentes más fuertes entre aquel origen histórico y el escenario actual. El historiador, periodista y docente universitario Sergio Wischñevsky planteó que existen paralelos entre ambos momentos, aunque aclaró que la clase trabajadora de mediados del siglo XX era muy distinta a la de hoy.
Según analizó, en 1945 y 1946 el peronismo interpelaba a una clase obrera industrial más homogénea, mientras que actualmente el mundo laboral es mucho más fragmentado. En ese marco, advirtió que muchos trabajadores no se reconocen como tales, incluso cuando atraviesan dificultades económicas similares.
Para Wischñevsky, ese diagnóstico es clave porque “hace falta un renacimiento de la conciencia de los trabajadores”. En su mirada, sin esa conciencia se debilita la organización colectiva, se pierden salidas comunes y se abre el camino para el recorte de derechos.
El mundo de 1946 y el presente
Alejandro Horowicz, ensayista y doctor en Ciencias Sociales, ubicó el nacimiento del primer gobierno peronista en el marco internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial. Según explicó, Perón asumió en un mundo organizado alrededor de la hegemonía económica de Estados Unidos, con organismos como Naciones Unidas, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional marcando nuevas reglas globales.
En ese contexto, Horowicz sostuvo que el peronismo argentino expresó una forma local del Estado de bienestar. La ciudadanía, señaló, estaba asociada a derechos garantizados, y el movimiento peronista canalizó esa transformación en clave nacional.
El contraste con el presente aparece en la crisis de ese modelo mundial, el endeudamiento y las nuevas tensiones geopolíticas. Para el ensayista, el peronismo quedó atravesado por una discusión económica que muchas veces se reduce a cómo pagar la deuda, mientras la estructura productiva y social queda condicionada por ese problema.
Soberanía, conducción y futuro
Fernando “Pato” Galmarini, exsecretario de Deportes de la Nación y dirigente histórico del peronismo, planteó que la pelea por la soberanía antecede al propio movimiento, pero encontró con Perón una forma efectiva de disputa política. En esa línea, afirmó que la tarea actual no debería ser distinta a la de 1945: construir un país libre, soberano, autónomo y con capacidad de conversar con todo el mundo.
Galmarini también puso el foco en la necesidad de reconstruir conducción política y organización. A su entender, uno de los problemas del peronismo reciente fue no haber logrado que el conjunto del movimiento se encolumne detrás de una conducción capaz de sostener transformaciones en el tiempo.
El dirigente sumó además un desafío contemporáneo: la regulación de las nuevas tecnologías. Para Galmarini, si el peronismo quiere volver a plantear una agenda de justicia social, debe incorporar el impacto del trabajo digital, las plataformas y las nuevas formas de producción.
Ochenta años después de aquella primera llegada de Perón al poder, la discusión no queda encerrada en la memoria histórica. La pregunta vuelve sobre el presente: cómo hablarle a una sociedad más fragmentada, cómo representar a trabajadores que muchas veces no se reconocen como tales y cómo actualizar una agenda de derechos, soberanía e inclusión en un mundo atravesado por deuda, tecnología y nuevas desigualdades.




