Historia barrial

Una calesita de 1920 sigue funcionando en el patio de una casa de Liniers

La histórica atracción fue instalada dentro de una vivienda familiar en 1965 y todavía conserva la tradición de la sortija, los caballos con nombre y el caramelo al final de cada vuelta.

Don Luis junto a la calesita de Liniers que sigue funcionando en el patio de una casa familiar.
Don Luis junto a la histórica calesita de Liniers, una atracción familiar que todavía sigue dando vueltas en el patio de una casa.

En el barrio porteño de Liniers, una calesita de 1920 sigue funcionando dentro del patio de una casa familiar y sorprende a quienes llegan por primera vez. No está en una plaza ni en un parque: gira entre paredes, recuerdos y una historia que atraviesa generaciones.

La calesita fue comprada por el padre de don Luis en la década de 1920 y desde 1965 permanece instalada en el patio de la vivienda. Después de la muerte de su histórico dueño, en 2013, la familia decidió reabrirla para cumplir con su deseo de que siguiera dando vueltas.

“La calesita sigue acá un poco porque era lo que quería él, que siga dando vueltas”, contó José Luis, ahijado de don Luis y actual encargado de mantener viva la atracción.

La calesita de Liniers que sigue girando en una casa familiar

La historia de esta calesita está ligada a una decisión profundamente familiar. Don Luis vivía con su madre, que estaba enferma y necesitaba cuidados, por lo que decidió trasladar la atracción al patio de la casa para poder trabajar sin dejar de acompañarla.

El cambio no fue simple. Según contó José Luis, don Luis pasó casi un año modificando la estructura y achicando el diámetro original para poder instalarla dentro de la vivienda. Desde entonces, la calesita quedó integrada a la vida cotidiana de la casa y del barrio.

Cuando don Luis murió en junio de 2013, la atracción dejó de girar por un tiempo. Pero la familia acordó reabrirla y eligió una fecha simbólica: el Día del Niño de ese mismo año.

La respuesta del barrio fue inmediata. Volvieron familias enteras, chicos, padres y abuelos que habían pasado por allí en distintas etapas de su vida.

“Gente que vino cuando era chico, abuelos, que la ven funcional, se les cae una lágrima de la alegría de verla andando de vuelta”, relató José Luis.

La sortija, los caballos con nombre y una tradición que continúa

Como en las viejas calesitas de barrio, la sortija sigue siendo uno de los momentos más esperados. José Luis contó que tuvo que aprender a manejarla sin haber tenido un maestro directo, pero que hoy la vive como una de las partes más lindas del oficio.

“La sortija es lo más lindo que hay, tanto para los chicos como para mí, porque nos divertimos los dos”, aseguró.

La dinámica conserva el espíritu clásico: los chicos intentan sacar la sortija para ganar una vuelta más y, cuando no lo logran, siempre aparece alguna manera de que todos se vayan contentos.

“Cuando no la pueden sacar, por supuesto que la sacan siempre y todos se van a dar una vuelta más”, dijo entre risas.

La calesita también mantiene detalles que forman parte de su identidad. Muchos de los caballos y juegos tienen nombre propio, como Chispa, Flecha, Rubio y Porteño. Para los chicos, subirse a un caballo o a un autito sigue siendo una forma de imaginar que manejan, corren o viajan por cuenta propia.

El recuerdo de don Luis y el Día del Calesitero

La figura de don Luis sigue presente en cada vuelta. Su cumpleaños era el 4 de noviembre y, por su historia con las calesitas y su vínculo con la Asociación de Calesiteros, esa fecha fue proclamada como el Día del Calesitero.

La familia también conserva una costumbre que él había creado: regalarle un caramelo a cada chico cuando termina la vuelta. José Luis mantiene ese gesto como parte de una tradición que no quiere perderse.

“Vamos arreglando la calesita en base al amor que uno tiene por lo que es, por lo que fue él y por cómo quería ver la calesita”, expresó.

Aunque reconoce que hoy van menos chicos que antes, el objetivo sigue siendo el mismo: mantenerla en movimiento, cuidar sus piezas y sostener el recuerdo de quien la convirtió en un símbolo familiar y barrial.

“En este lugar, don Luis no se fue nunca y sigue todo intacto”, resumió José Luis.

La calesita de Liniers sigue girando como una postal viva de otra época. En el patio de una casa, entre caballos con nombre, sortijas y caramelos, la historia de don Luis continúa dando vueltas. La imagen de don Luis junto a la calesita resume el espíritu de una historia que sigue viva: no solo por la atracción que aún funciona, sino por la decisión familiar de conservar su memoria en cada vuelta.

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