La disputa por el conocimiento

Juan Felipe Salguero vinculó el ataque a las universidades con una política internacional contra el pensamiento crítico

En su columna de Paraíso Artificial, el analista abordó el conflicto universitario durante el gobierno de Javier Milei a partir de un ensayo del sociólogo francés Éric Fassin. También estableció paralelismos con las políticas de Donald Trump.

Juan Felipe Salguero durante su columna sobre el antiintelectualismo de Estado y las universidades públicas en Paraíso Artificial.
Juan Felipe Salguero analizó en Paraíso Artificial las políticas universitarias de Javier Milei a partir del ensayo del sociólogo francés Éric Fassin.

El columnista Juan Felipe Salguero cuestionó las políticas del presidente Javier Milei hacia las universidades públicas y las vinculó con una corriente internacional de antiintelectualismo de Estado, caracterizada por el enfrentamiento entre determinados gobiernos y las instituciones dedicadas a producir conocimiento. Su planteo fue más allá del financiamiento educativo: sostuvo que existe una disputa política contra el pensamiento crítico.

Durante su participación en Paraíso Artificial, el programa de Futurock, Salguero desarrolló su análisis a partir del libro Antiintelectualismo de Estado: de la acusación de wokismo al chantaje del antisemitismo, del sociólogo francés Éric Fassin, publicado en Argentina por Tinta Limón. A partir de esa lectura, comparó el conflicto universitario argentino con las ofensivas políticas contra sectores académicos en Estados Unidos y otros países.

Antiintelectualismo de Estado: la relación entre Milei, Trump y las universidades

Salguero comenzó su exposición afirmando que el gobierno de Javier Milei llevaba 378 días sin cumplir la Ley de Financiamiento Universitario. El conflicto también llegó a la Justicia: el 6 de octubre de 2026, un juzgado federal ordenó al Poder Ejecutivo cumplir las obligaciones establecidas en la normativa.

Sin embargo, el columnista sostuvo que reducir la discusión a los recursos económicos impide comprender lo que considera un fenómeno político más amplio.

“La guerra contra la Universidad Pública Argentina no es una cuestión presupuestaria”, afirmó durante su intervención, y agregó: “Es una política de estado activa y bien decidida”.

Para desarrollar esa interpretación, recuperó el análisis de Fassin sobre las campañas dirigidas contra universidades, investigadores y docentes bajo acusaciones de adoctrinamiento ideológico.

Según explicó, argumentos como que los estudiantes realizan actividades políticas en las facultades, que las universidades adoctrinan o que el Estado no debería financiar determinados estudios forman parte de los cuestionamientos utilizados en el debate argentino.

Su planteo es que estas discusiones no pueden entenderse exclusivamente dentro de las fronteras nacionales, porque encuentran antecedentes y expresiones contemporáneas en otros países.

El regreso del macartismo y la ofensiva contra el pensamiento crítico

Uno de los principales conceptos abordados por Salguero fue el macartismo, nombre que recibió la persecución anticomunista desarrollada en Estados Unidos durante la década de 1950 y asociada al senador Joseph McCarthy.

El columnista recordó que ese período estuvo marcado por acusaciones públicas, interrogatorios, listas negras y restricciones laborales contra personas señaladas por sus presuntas vinculaciones con el comunismo.

A partir del libro de Fassin, estableció una comparación con las campañas contemporáneas contra el denominado wokismo, término utilizado en determinadas disputas políticas para cuestionar posiciones vinculadas con la diversidad, el género, el antirracismo y otras reivindicaciones sociales.

En ese marco, mencionó el caso del New College of Florida, una institución estadounidense que atravesó una profunda reorganización impulsada por el gobernador republicano Ron DeSantis. En 2023 se informó que más de un tercio de su cuerpo docente había dejado la institución, en medio de las controversias generadas por esos cambios.

Para Salguero, el punto central no es una confrontación entre personas con diferentes niveles educativos, sino la legitimidad del conocimiento producido mediante investigación, discusión y evaluación académica.

“No es una idea de intelectuales contra intelectuales”, explicó al desarrollar el argumento del autor francés.

En la lectura que Salguero hace del ensayo de Fassin, el antiintelectualismo no supone necesariamente rechazar a todas las personas con formación académica, sino cuestionar determinadas formas de conocimiento y pensamiento crítico.

El columnista también utilizó a Javier Milei como ejemplo dentro de su análisis, al cuestionar su trayectoria académica y el papel que tuvo su exposición televisiva en la construcción de su figura pública como economista.

Se trató de una valoración del propio Salguero, utilizada para explicar su argumento sobre las distintas formas de legitimación del conocimiento.

De las noticias falsas a los hechos alternativos

En otro tramo de la columna, Salguero abordó una distinción que consideró fundamental: la diferencia entre difundir información falsa y construir lo que denominó hechos alternativos.

Según explicó, una afirmación falsa puede contrastarse con documentos, estadísticas y otras evidencias. El problema aparece cuando el debate deja de reconocer la necesidad de una comprobación compartida.

Al describir ese mecanismo, señaló:

“Lo que determina a un hecho, la veracidad de un hecho, es la coherencia que tiene, no la verdad entendida como la evidencia empírica que lo respalda”.

Con esa formulación no defendía el concepto, sino que describía una lógica política en la que la consistencia de un relato puede utilizarse para sustituir la comprobación de los hechos.

En su análisis, la diferencia no reside únicamente en que una afirmación pueda ser verdadera o falsa, sino en el rechazo a los propios mecanismos que permiten establecerlo. Cuando se cuestiona la legitimidad de las fuentes, los datos y las instituciones encargadas de producir conocimiento, la discusión deja de centrarse en las pruebas y pasa a depender de la coherencia interna de cada relato.

Salguero vinculó este fenómeno con las discusiones sobre las estadísticas económicas argentinas, el negacionismo climático y las controversias sobre información científica durante la pandemia.

También recuperó el concepto de doble pensamiento de George Orwell, desarrollado en la novela 1984, para explicar cómo pueden sostenerse afirmaciones contradictorias dentro de un mismo discurso político.

Para el columnista, las universidades ocupan un lugar central en esta disputa porque son instituciones donde el conocimiento se somete a revisión, debate y contrastación entre especialistas. Desde esa perspectiva, desacreditar la autoridad de esos procedimientos también debilita la posibilidad de discutir públicamente las afirmaciones del poder.

La pregunta de Salguero sobre el futuro de la política

Hacia el final de su intervención, Salguero retomó una de las ideas centrales del ensayo de Fassin: la necesidad de preservar espacios donde las afirmaciones puedan discutirse a partir de argumentos y pruebas.

Su análisis también abordó los riesgos de equiparar todas las posiciones cuando existen diferencias sustanciales en el respaldo factual de cada una. En ese sentido, recuperó una crítica a la falsa equivalencia entre argumentos sustentados y afirmaciones que prescinden de la evidencia.

La discusión volvió entonces al problema inicial: qué sucede cuando la producción de conocimiento deja de ser reconocida como una herramienta legítima para cuestionar las decisiones del poder político.

Salguero cerró su columna con una pregunta dirigida tanto a sus compañeros de programa como a la audiencia:

“¿Qué queda de la política cuando ni siquiera la política pretende tener razón?”.

La reflexión sintetizó el eje de su exposición: la relación entre conocimiento, verdad y disputa política. En el caso argentino, el conflicto por el financiamiento universitario fue presentado como una expresión de ese debate más amplio, cuya importancia, según el columnista, no se limita al presupuesto educativo, sino que también alcanza al lugar que ocupa el pensamiento crítico en la vida democrática.