Una mujer contó que vende ropa usada para subsistir: “Siento angustia por mis hijos”

Una mujer relató en un móvil televisivo que vende ropa usada desde hace dos años para poder subsistir. El testimonio refleja el impacto cotidiano de la crisis económica y la preocupación por el futuro de sus hijos y nietos.

La angustia por el futuro, en primera persona

mujer vende ropa usada para subsistir en la vía pública
Una mujer vende ropa usada para subsistir: el testimonio que refleja la crisis económica.

La mujer vende ropa usada para subsistir y lo contó en vivo durante un móvil de C5N, en diálogo con Adrián Salonia. Su relato no solo refleja una situación personal, sino que se suma a otros testimonios de la crisis: una realidad extendida donde trabajar ya no alcanza y obliga a desprenderse de bienes propios para cubrir gastos básicos.

El dato más relevante no es solo la venta ocasional, sino la continuidad: hace dos años que sostiene esta estrategia para sobrevivir. En ese período, el deterioro del poder adquisitivo y la caída del consumo consolidaron un escenario donde cada vez más personas recurren a la reventa de objetos personales.

En ese contexto, otros casos similares ya habían quedado expuestos en relatos recientes sobre la crisis económica y testimonios reales, donde distintas voces coinciden en un mismo punto: el ingreso no alcanza para cubrir necesidades básicas.

La escena fue breve, pero contundente. Ante la consulta sobre la situación del país, la mujer evitó profundizar en términos políticos y eligió un registro directo, anclado en su experiencia cotidiana.

El impacto cotidiano de la crisis económica en los hogares

El testimonio refleja un patrón creciente: personas que mantienen actividad laboral pero no logran sostener su nivel de vida. La venta de ropa usada, electrodomésticos o bienes personales se vuelve una alternativa inmediata frente a la pérdida de capacidad de compra.

El testimonio completo de la mujer que vende ropa usada para subsistir

Adrián Salonia: “Una pregunta sola, ¿cómo ve la situación del país?”
Mujer: “Y mirá, estoy vendiendo cosas usadas para poder llegar... como todo el mundo.”

Adrián Salonia: “¿Qué siente?”
Mujer: “Angustia... pero no por mí, por los que vienen, por mis hijos, por mis nietos.”

Adrián Salonia: “¿Qué vende?”
Mujer: “Una campera.”

Adrián Salonia: “¿Cuándo empezó a vender ropa usada?”
Mujer: “Hace como dos años.”

El intercambio deja ver una tensión clara: la necesidad económica convive con una preocupación que trasciende lo inmediato. “Prefiero no hablar”, respondió en otro momento, marcando un límite que refuerza el peso emocional de la situación.

A mitad del desarrollo, otros testimonios en zonas urbanas también evidencian este fenómeno, como en este otro testimonio en Constitución, donde se repiten las estrategias de subsistencia.

El rasgo común no es solo la dificultad económica, sino la duración del problema. No se trata de una emergencia puntual, sino de un proceso sostenido que obliga a redefinir hábitos de consumo y supervivencia.

El remate de la escena no llega desde el análisis político, sino desde una frase simple que condensa el contexto: vender lo propio para seguir adelante. Detrás de ese gesto cotidiano aparece una pregunta más amplia que sigue abierta: cuánto más puede sostenerse esta lógica sin profundizar el deterioro social.